De pequeña arriba a Puente Alto, comuna en la que echó raíces y construyó su vida, en compañía de su marido.

A los 14 años llega desde su natal Rancagua a Puente Alto, María Olinda Toledo Caro (95), hija de padre mueblista y madre dueña de casa, sexta de siete hermanos. Una tía de parte materna se hizo cargo de ella, quien la albergó y le entregó cariño en su nueva vida en la capital.

Cuenta que se casó a los 17 años, “jovencita. A mi marido, Roberto Cornejo, lo conocí acá en la comuna, él era trabajador de la Papelera, en donde trabajó por 45 años. Pololié seis meses y me casé. Me acuerdo que él me iba a ver en la mañana, en la hora de las misas, cuando salía después de terminar sus turnos nocturnos”.

Con don Roberto forjó una relación que duró 65 años de matrimonio – de la cual nacieron dos hijos- hasta su fallecimiento hace ya 10 años atrás. Su mirada cambia al acordarse de su compañero, a quien siempre recuerda. Consultada por cuál es el secreto para que una relación amorosa dure tanto tiempo, responde segura: “la buena comunicación”. Su hija Lucía Cornejo, que acompaña a su madre, ríe y responde “mi papá también era bien tranquilo eso sí”.

Si bien doña María se dedicó a labores de dueña de casa una vez que se casó, igualmente trabajó por un tiempo en una peluquería que estaba ubicada en José Luis Coo. “La dueña era comadre de mi tía”, señala. Asimismo, también desempeño funciones en el Sindicato Papelero, dedicándose a realizar curaciones e inyecciones. Su hija cuenta que hasta hace unos años, la gente igualmente solicitaba sus servicios, los que llevaba en muchas ocasiones a domicilio, pues sus pacientes decían que ella tenía “buena mano” y un trato muy cordial.

Si bien su casa se encuentra en la Población Bascuñán, hoy su hija Lucía cuida de ella en su hogar, dada las condiciones sanitarias actuales, pues su madre es población de riesgo en el contexto de la pandemia del Coronavirus. “Igualmente ella va a su casita cada dos semanas, porque la echa de menos pues”, indica.

Y es que la pandemia tiene a doña María prácticamente entre cuatro paredes desde el año pasado. Dice que añora poder salir otra vez, al Cajón del Maipo, donde iba regularmente, pues sus nietos la sacaban “a pasear”, por lo que espera que el panorama mejore en el corto plazo.

COMO UN ROBLE

Con 81 años viviendo en la capital provincial, María Toledo ha sido testigo privilegiada de los cambios que ha experimentado Puente Alto a través de los años, de pasar de un pueblo a la ciudad que es hoy.

“Cuando llegué eso sí, me costó acostumbrarme, pues Rancagua por eso años era más ciudad que Puente Alto, acá era mucho más campo”, confiesa. “Me acuerdo del trencito que iba al Cajón  del Maipo y el que salía desde acá a Santiago. Era muy lindo todo eso”, agrega.

Y a su avanzada edad, doña María goza de muy buena salud, lo que atribuye más que nada a una buena alimentación. “Solo tiene algunos dolores a la rodilla, pero eso es más que nada por un tema de edad ya”, afirma su hija. “Ella acá me hace cocer todo para las preparaciones, es muy metódica. Creo que también su buena memoria y lucidez, a sus años, tiene mucho que ver con eso”, concluye.